Desde la Red TPMnet (1997) a la era digital y cuántica. Mi visión personal en el tiempo.
Una mirada estratégica sobre cómo la inteligencia artificial, la tecnología digital y cuántica, sumado a las redes globales están redefiniendo quiénes compiten y quiénes desaparecen.
Durante décadas, el desarrollo económico se pensó desde una lógica territorial: producir localmente, mejorar la competitividad, hacerlo mejor que el otro para el mercado interno o para exportar más.
Ese modelo, que durante mucho tiempo funciono, hoy resulta insuficiente frente a una transformación mucho más profunda, quizás la más profunda de la historia, que conozcan las empresas.
El mundo ya no se organiza por lugares de producción o de comercialización. Se organiza por redes con conocimiento y a cada segundo sumando datos.
Y en ese nuevo escenario, la internacionalización dejó de ser una estrategia para convertirse en una condición estructural. Pero incluso ese concepto está cambiando por momentos.
Internacionalizarse es pertenecer. Pertenecer a plataformas globales donde se define el valor. Pertenecer a sistemas de comercialización y productivos integrados. Pertenecer a redes donde circulan las decisiones.
Quien no forma parte de esas redes, queda fuera del sistema.
Una visión personal anticipada desde 1995 que hoy se confirma, si bien esta transformación no apareció de un día para otro, en la actualidad si lo hace así, porque el avance del mundo tecnológico y de la inteligencia artificial es arrollador.
En 1995 impulsé la llegada del programa Trade Point a Mendoza, en un contexto donde la integración internacional y hasta internet, era todavía incipiente.
En 1997 avanzamos con la red TPMnet, anticipando el rol de las plataformas en la conexión empresarial.
Y en 2002, en Miami, presenté un programa de mi autoría sobre asociatividad empresarial internacional, convencido de que el desarrollo no iba a ser individual, sino en red.
Lo que en ese momento era una visión, hoy es una evidencia. El crecimiento ya no depende solamente de la capacidad productiva o comercializadora, sino del nivel de integración en ecosistemas globales.
Y eso redefine completamente las reglas de juego, entre otras causas, porque la trazabilidad de origen y la pertenencia a las redes globales, para las empresas de todo porte, se transformó en un existir o no existir
Y en este nuevo contexto, emerge un concepto central: la identidad digital empresarial. Ya no alcanza con producir calidad. Ya no alcanza con tener historia o reputación local. Si una empresa no es visible, confiable y trazable en el entorno digital global, no existe.
La identidad digital se ha convertido en la nueva forma de reputación. Es la base de la confianza. Es la llave de acceso a los mercados. Sin identidad digital, no hay integración posible.
La Asociatividad Empresarial Internacional, quizás no lo marco en toda su dimensión en el 2002, pero hoy estamos presenciando el fin de la competencia individual
Y esto es, porque otro cambio estructural es el paso de la competencia individual a la lógica de redes. Durante años, las empresas compitieron de manera aislada. Hoy eso dejó de ser viable.
Las empresas ya no compiten con otras empresas, compiten con ecosistemas globales interconectados, compiten con algoritmos y datos.
Por eso la asociatividad empresarial internacional, por la que bregamos desde hace años, dejo de ser una opción, y hoy es una herramienta estratégica fundamental, es la integración entre las comercializadoras, los productores y las redes globales.
No hay cuestionamientos, no hay preguntas, en la actualidad hay una sola respuesta, nadie escala solo, nadie accede al mundo solo y nadie lidera en soledad. Se crece en red.
Se crece en red y con las nuevas tecnologías, porque ellas son en el escenario actual, el verdadero y único centro del poder.
La inteligencia artificial ya está redefiniendo la forma en que se producen bienes, se analizan mercados y se toman decisiones. Los datos dejaron de ser un recurso complementario para convertirse en el núcleo del sistema.
Pero aún más transformadora de lo que fue lo digital, lo empieza hacer hoy, la irrupción de la tecnología cuántica.
Estamos frente a una nueva frontera que va a redefinir la logística global, la seguridad de la información y la eficiencia de las redes de comercialización y productivas. Estamos frente a la frontera de la nueva era de la asociatividad empresarial internacional.
La experiencia que nos dio la vida, también nos dejó una marca profunda, porque lo vivimos desde 1995, los que comprendan este cambio sin duda lideraran, los que no quedaran rezagados.
La avanzada tecnología, la nueva frontera de la asociatividad, las redes globales, la identidad digital, son todas, sin duda una ventaja competitiva en construcción. Pero como toda ventaja, no será para todos.
La opción es simple, integrarse o quedar en el pasado y por supuesto aquí aparece una verdad incómoda, podemos seguir impulsando programas locales, podemos generar expectativas, podemos trabajar con esfuerzo, pero si no nos integramos a redes internacionales reales, si no participamos activamente en estructuras globales, si no operamos dentro del sistema donde se define el valor, lo señalo con énfasis, seguimos en el pasado.
La diferencia hoy no la marca el esfuerzo, ni haciendo más de los mismo, aunque a veces maquillado, la diferencia la marca la integración, porque el verdadero desafío es transfórmanos en plataformas, si, así como aquella de 1997 con la alta tecnología del 2026.
Plataformas capaces de:
• Integrarnos a redes globales
• Generarnos una identidad digital confiable y certificada
• Atraer inversiones inteligentes
• Articular actores públicos y privados
Esto implica un cambio profundo en la forma de pensar el crecimiento y desarrollo de nuestras empresas, como lo fue en el pasado, con el lamento de no haber seguido el camino señalado.
Debo decirlo y marcarlo a fuego, implica dejar de actuar de manera fragmentada y nos compromete a construir estructuras de cooperación y de diseñar herramientas institucionales que permitan escalar.
El mundo no va a esperar, ni va a reducir su velocidad. La decisión es inevitable, político, institucional y empresarial, nos integramos a redes globales, con lo que ello implica o nos quedamos afuera de ellas y del mundo.
Muchas veces trato de pensar en soluciones intermedias, pero les aseguro, no las hay, no por lo menos en el mundo actual, en el de nuestro tiempo, porque no se equivoquen, no hay espectadores, hay solo actores internacionalmente integrados desde lo comercial y lo productivo y actores irrelevantes.
Y ello, es porque no estamos hoy como en el pasado, frente a una evolución gradual, estamos frente a una ruptura. Un cambio de paradigma que redefine cómo se produce, cómo se compite y cómo se crece.
De la experiencia del pasado aprendamos algunas máximas:
No gana el más grande, gana el más conectado.
No gana el más tradicional, gana el más adaptable.
No gana el que está solo, gana el que construye en red.
Dr. Jorge Nelson Ripa
www.ripa.com.ar